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Un arriate adaptado al lugar de su emplazamiento

Arriates

Por definición, un arriate es una franja o margen. Su origen se puede remontar al jardín de los claustros medievales, que se concebía como un santuario cerrado, defendido del ruido y de la confusión de la vida cotidiana por setos verdes o altos muros cubiertos de plantas trepadoras. Los arriates que hoy se crean tienen ese mismo potencial de enmarcar y cerrar una propiedad con elementos bonitos. Según la forma del jardín y su relación con la vivienda y otros edificios auxiliares, si los hay, se pueden situar arriates en uno o más puntos. Por ejemplo, se puede crear un arriate junto a un fondo ya existente, para conseguir que el conjunto armonice con los rasgos arquitectónicos generales o con el paisaje; otra posibilidad es la de empezar de cero, y construir un elemento de fondo colocado estratégicamente para que resuelva algún problema paisajístico y a la vez realce el arriate planeado. También existen los que sólo interesan por su producción de flores de corte, si se procura tener ramos ornamentales de flores frescas en la casa.

Que el arriate trabaje su dueño

Los arriates pueden cumplir distintas funciones. En primer lugar, pueden definir los límites de una propiedad, que darán un carácter privado y discreto al conjunto: un arriate que llegue hasta la altura de las rodillas señalará las lindes de una parcela o dibujará un sendero, en tanto que otro más alto servirá de pantalla y dará lugar a un espacio separado dentro del jardín. Un arriate puede ser un reparo contra el viento y, además, sus plantas atenuarán el ruido del tráfico callejero, y la línea vigorosa de su fondo suele introducir un vínculo visual entre las diversas estructuras dentro del conjunto del jardín. A todo esto se une el hecho de que un arriate es un espacio ideal para lucir las plantas predilectas del jardinero.

Cuando se trata de diseñar y situar uno o varios arriates , hay que tomar en cuenta la forma en que se usará el espacio así limitado. Habrá que decidir si interesa tener amplias vistas del conjunto de la propiedad, o bien si se prefiere crear una serie de espacios separados en el jardín, cuyas paredes sean, precisamente, los nuevos arriates; a la vez, si este tipo de estructura se coloca a lo largo del perímetro de la propiedad, quedarán espacios de césped que podrán destinarse a lugares de entretenimiento y recreo. En cambio, cuando se busca crear varios lugares privados, los arriates serán adecuadas divisiones para esos ámbitos de retiro y reflexión.
Una vez elaborada una idea de cómo se utilizarán los espacios separados, habrá que considerar que la circulación a través del jardín no tiene que verse afectada por los nuevos trazados, y para ello incluso se recurrirá a amplias aperturas en los puntos necesarios.

La escala correcta

El punto de partida para determinar las dimensiones del arriate debe ser la superficie total del jardín, sobre todo su profundidad. Una regla práctica muy útil establece que la profundidad sumada de dos arriates enfrentados no debe superar el 25% del ancho del espacio que ambos limitan. Por ejemplo, si se trata de un extensión de unos 23 m de ancho, el mejor efecto se obtendrá si se limita la profundidad de los arriates enfrentados a no más de 2,50 m cada uno. Una de las cosas que se deben averiguar es si las normas municipales exigen un espacio libre en todo el perímetro de la propiedad; de ser así, de acuerdo con esas normas se determinarán las dimensiones del arriates, cuya profundidad va a decidir el número de hileras posibles en él y, por consiguiente, las distintas clases de plantas que se colocarán. Por ejemplo, un arriate de 90cm de profundidad puede tener cómodamente dos hileras de plantas.

Las medidas de la vivienda también contribuyen a definir las proporciones de un arriate, pues si se exagera la profundidad, la casa parecerá más pequeña y, por el contrario, en torno a las paredes de una casa de tres plantas, un trazado demasiado estrecho parecerá desproporcionado. Cuando la elección resulta difícil, un único arriate amplio, que proporcionalmente resulte significativo, y muestre su colorido durante varios meses, será mejor que la división de esa superficie en varios sectores, pues así se corre el riesgo de que no se produzca ningún efecto y de que los colores pasen desapercibidos.

Una composición con plantas

Para decidir cuáles son las plantas más adecuadas para el nuevo arriate, ante todo hay que mirar esa superficie desde los distintos puntos desde los que se la verá con mayor frecuencia. Desde cada uno de ellos, el arriate producirá un efecto visual diverso que, de acuerdo con las formas y tamaños de las plantas y las reglas básicas de la perspectiva, va a cambiar a medida que el observador se desplace. Por ejemplo, los arriates que se sitúan a ambos lados de una puerta de entrada, configurados con una línea bien equilibrada de arbustos pequeños, pueden parecer muy adecuados si se miran desde el mismo nivel v a una distancia de unos 4 ó 5 m, pero desaparecerán a los ojos de los paseantes que miran desde un punto más bajo y más alejado, como puede ser la calle. Tampoco se verán iguales desde la entrada de coches ni desde los escalones que llevan a la puerta principal de la casa.

Para hacer pruebas con plantas de distintos tamaños y formas, y para hacerse una idea previa de cuál puede ser el aspecto tridimensional del borde que se ha planeado, un buen recurso es el de poner objetos grandes en los sitios considerados, como pueden ser sillas de jardín, para simular arbustos verticales, y también se suele recurrir a cajas de menores dimensiones para simular matas de flores. De inmediato se apreciará el conjunto desde la puerta trasera de la propiedad, desde un banco que haya detrás de la casa, desde la puerta que da al patio y desde las ventanas. Cuando se consiga la impresión buscada, se puede poner en marcha la aplicación del diseño.

Consideraciones culturales

Un arriate se ve afectado por los mismos factores básicos que inciden en el diseño de un macizo: la luz del sol, el suelo, el terreno, el viento y la vegetación existente, pero con la salvedad -y las correspondientes variantes implicadas- de que el arriate estará protegido por uno de sus lados.

Durante una parte del día, la mayor parte de este tipo de plantación está a la sombra de ese elemento vertical que le sirve de fondo y bloquea el sol. La norma establece que las perennes necesitan menos horas de luz solar que las anuales, lo que explica que las primeras sean las favoritas tradicionales de los arriates. La mayoría de estas plantas necesitan seis horas de sol directo de verano; sin embargo, algunas, como el astilbe, la buglosa o lengua de buey de Siberia, muchas variedades de lirios, la Hosta, la hierba cana dorada y la Mertensia virginica prefieren la sombra o la luz solar filtrada. En las regiones calurosas, hasta las perennes que necesitan del sol, como la milenrama, la margarita amarilla y el flox requieren protección durante las horas del mediodía.

De otra parte, algunos sectores del arriate serán relativamente más cálidos y más secos, como los que están al pie de un muro de piedra, de ladrillo visto o revocado que dé al sur o al oeste (al norte y al este, respectivamente, en el hemisferio sur), pues este muro reflejará la luz y absorberá el calor, para liberarlos lentamente a continuación. La temperatura y la luminosidad añadidas de ese microclima pueden adelantar varias semanas la floración de los bulbos de primavera, pero habrá que regar mucho más ese sector del ariate cuando avance el verano.

El microclima de un lugar también se ve afectado por la topografía general del sitio. Un punto de una hondonada natural o de una depresión puede ser bastante tibio, si está protegido del viento, pero si la depresión está a la sombra, será bastante frío. Otro sitio bajo y fresco puede sufrir heladas antes que los puntos más altos de una cuesta soleada. Un sector protegido del viento recibirá menos lluvia que otro que no lo esté, a sólo unos pasos de distancia.

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